Cuando relacionarse ya no resulta igual
Las relaciones sociales forman parte de nuestra vida cotidiana. Conversar, interpretar las emociones de otra persona, controlar nuestras reacciones, respetar los turnos de palabra o comprender cuándo una determinada conducta es adecuada son procesos que realizamos continuamente y, en gran medida, de manera automática.
Sin embargo, cuando existe una afectación cerebral, algunos de estos procesos pueden verse alterados. Los cambios no siempre son evidentes y pueden manifestarse principalmente en la conducta, las emociones o la manera de relacionarse con otras personas.
En estos casos, familiares y personas cercanas pueden percibir que alguien «ha cambiado» o que «ya no se comporta como antes», sin comprender necesariamente que detrás de determinadas conductas puede existir una alteración neuropsiquiátrica.
¿Qué son los trastornos neuropsiquiátricos asociados a afectación cerebral?
Los trastornos neuropsiquiátricos hacen referencia a alteraciones en las que interactúan aspectos neurológicos, cognitivos, emocionales y conductuales.
Pueden aparecer asociados a diferentes enfermedades o lesiones que afectan al cerebro y manifestarse de formas muy diversas.
Entre las alteraciones que pueden afectar a la interacción social encontramos:
- Apatía y pérdida de iniciativa.
- Irritabilidad.
- Impulsividad.
- Desinhibición.
- Ansiedad.
- Alteraciones del estado de ánimo.
- Dificultades para controlar las emociones.
- Cambios en la personalidad.
- Problemas para interpretar determinadas situaciones sociales.
No todas estas manifestaciones aparecen en todas las personas, ni tienen necesariamente la misma causa. Por eso, requieren una valoración individualizada por parte de profesionales.
Cuando la intención y la conducta dejan de coincidir
Una de las situaciones más difíciles para el entorno es observar una conducta que parece no corresponderse con la personalidad habitual de la persona.
Por ejemplo, alguien que anteriormente era paciente puede mostrarse más irritable. Una persona tranquila puede reaccionar de manera impulsiva. Alguien que participaba activamente en conversaciones puede dejar de iniciar interacciones.
Esto puede llevar a interpretar la conducta desde una perspectiva exclusivamente personal: «no quiere», «lo hace a propósito» o «ya no le importa».
Sin embargo, determinados cambios pueden estar relacionados con alteraciones en procesos cerebrales implicados en la inhibición, la motivación, la regulación emocional o la cognición social.
Comprenderlo no significa justificar cualquier conducta, sino buscar una explicación que permita intervenir de manera más adecuada.
La cognición social: entender a los demás también es una capacidad
Relacionarnos con otras personas requiere mucho más que poder hablar. Necesitamos interpretar expresiones faciales, reconocer emociones, comprender determinadas normas sociales, anticipar cómo puede sentirse otra persona y adaptar nuestro comportamiento a diferentes situaciones.
Estas capacidades forman parte de lo que conocemos como cognición social.
Una alteración cerebral puede afectar algunos de estos procesos. Como consecuencia, la persona puede tener dificultades para interpretar correctamente una situación social o responder de una manera que los demás consideran adecuada. Esto puede generar malentendidos y afectar significativamente a las relaciones.
Cuando controlar una reacción resulta más difícil
La capacidad de inhibir una respuesta automática también es importante en las relaciones.
En determinadas afectaciones cerebrales pueden aparecer dificultades para controlar impulsos o frenar una respuesta antes de actuar.
La persona puede decir algo sin valorar cómo será recibido, interrumpir una conversación o reaccionar de manera intensa ante una situación que anteriormente habría gestionado de otra manera.
Desde fuera puede parecer simplemente una falta de educación o de consideración. Sin embargo, cuando existe una alteración neuropsicológica, puede haber dificultades reales para regular la conducta.
La apatía también afecta a las relaciones
La apatía es otro ejemplo de cómo una alteración neuropsiquiátrica puede modificar la interacción con los demás.
Una persona puede dejar de iniciar conversaciones, mostrar menos interés por actividades compartidas o necesitar que otros le propongan continuamente qué hacer. Esto puede interpretarse erróneamente como falta de cariño o desinterés por la familia. Sin embargo, la pérdida de iniciativa puede estar relacionada con alteraciones en los mecanismos que intervienen en la motivación y la conducta dirigida a objetivos.
Por eso, no iniciar una actividad no significa necesariamente no querer participar en ella.
Las emociones siguen estando presentes
Los cambios cognitivos o conductuales no significan que desaparezca la capacidad de sentir.
Una persona con afectación cerebral puede seguir experimentando alegría, tristeza, miedo, frustración o afecto, aunque pueda tener más dificultades para identificar, expresar o regular determinadas emociones.
Esto es especialmente importante en las relaciones familiares. Aunque la forma de expresar una emoción cambie, la necesidad de sentirse escuchado, acompañado y respetado continúa siendo fundamental.
Cuando la familia también necesita adaptarse
Los cambios neuropsiquiátricos no afectan únicamente a quien presenta la alteración. También pueden modificar las dinámicas familiares.
Las personas cercanas pueden experimentar desconcierto, frustración o incluso culpa al no saber cómo responder ante determinados comportamientos. Comprender que algunas conductas pueden tener una base cerebral puede ayudar a cambiar la pregunta «¿Por qué se comporta así?» por otra más útil: «¿Qué puede estar ocurriendo y qué necesita en este momento?». Este cambio de perspectiva puede favorecer una comunicación más empática y estrategias de acompañamiento más adecuadas.
El entorno también influye
La conducta no depende únicamente de las características de la persona. El entorno puede facilitar o dificultar la regulación.
El ruido excesivo, demasiadas personas hablando al mismo tiempo, cambios inesperados, instrucciones complejas o una sobrecarga de estímulos pueden aumentar la dificultad para gestionar una situación.
Por ello, en determinados casos puede ser útil adaptar el entorno, reducir estímulos innecesarios, estructurar las actividades y proporcionar tiempos adecuados de respuesta.
Intervención: trabajar más allá de los síntomas
El abordaje de los trastornos neuropsiquiátricos asociados a afectación cerebral debe adaptarse a las características de cada persona y a las causas de las alteraciones.
Puede ser necesario trabajar diferentes dimensiones:cognitiva, emocional, conductual, social, sensorial, funcional.
Esta perspectiva permite evitar que la intervención se centre exclusivamente en una conducta concreta y considerar a la persona de manera global.
Gradior Suite y la intervención multidimensional
En este contexto, Gradior Suite permite abordar la intervención desde un enfoque holístico y multidimensional, considerando las diferentes dimensiones de la persona.
Gradior Estimulación Cognitiva permite a los profesionales diseñar programas personalizados para trabajar diferentes funciones cognitivas, mientras que Gradior Multisensorial incorpora experiencias inmersivas orientadas a la estimulación sensorial, el bienestar y la regulación emocional.
Esta combinación puede complementar el trabajo profesional en aquellos procesos de intervención en los que sea necesario abordar diferentes necesidades de la persona, siempre dentro de un programa individualizado y supervisado.