Hablar de Alzheimer y Parkinson suele llevarnos a dos imágenes muy concretas, la pérdida de memoria en el primer caso y los temblores y problemas de movimiento en el segundo. Sin embargo, ambas enfermedades son mucho más complejas.
La enfermedad de Alzheimer es la causa más frecuente de demencia y afecta progresivamente a diferentes capacidades cognitivas y a la autonomía de la persona. El Parkinson, por su parte, es una enfermedad cerebral que afecta principalmente al movimiento, pero que también puede producir síntomas no motores, entre ellos alteraciones cognitivas, del sueño, del estado de ánimo y de la percepción sensorial.
Conocer estas diferencias es importante para entender que la intervención no debe centrarse únicamente en aquello que resulta más visible.
Alzheimer: mucho más que problemas de memoria
Uno de los primeros signos que asociamos al Alzheimer son los olvidos. Sin embargo, la enfermedad puede afectar a muchas otras capacidades.
La demencia puede producir dificultades para comunicarse, orientarse, resolver problemas, tomar decisiones o realizar tareas habituales. También pueden aparecer cambios en el estado de ánimo, el comportamiento, la motivación o la personalidad.
Por eso, cuando hablamos de estimulación cognitiva en Alzheimer, trabajar exclusivamente la memoria puede ofrecer una visión demasiado limitada. Las necesidades de cada persona pueden ser diferentes y evolucionar con el tiempo.
Parkinson: cuando la enfermedad también afecta a la cognición
En el Parkinson, los síntomas motores suelen ocupar gran parte de la conversación: temblor, rigidez, lentitud de movimientos o problemas de equilibrio.
Pero existen otras manifestaciones menos visibles. La Organización Mundial de la Salud incluye entre los síntomas no motores del Parkinson el deterioro cognitivo, los trastornos mentales, los problemas de sueño, el dolor y las alteraciones sensoriales.
Los cambios cognitivos pueden incluir dificultades para mantener o cambiar la atención, organizarse, planificar tareas, encontrar palabras o procesar información. La Parkinson’s Foundation también señala que algunas personas pueden experimentar problemas de memoria y de resolución de problemas.
Esto significa que una persona puede experimentar dificultades cognitivas incluso cuando los cambios que más perciben quienes la rodean son físicos.
Alzheimer y Parkinson: dos enfermedades, diferentes perfiles
Aunque Alzheimer y Parkinson pueden compartir algunas dificultades cognitivas, no debemos asumir que afectan a todas las personas de la misma manera.
En el Alzheimer, los problemas de memoria y otros déficits cognitivos suelen ocupar un papel central en la evolución de la enfermedad. En el Parkinson, los cambios cognitivos pueden aparecer de forma diferente y afectar especialmente a procesos como la atención, la planificación o la velocidad de procesamiento. La intensidad y evolución también varían considerablemente entre personas.
Por eso, hablar simplemente de “deterioro cognitivo” no permite comprender completamente las necesidades de una persona.
Lo que tienen en común: la importancia de mantener las capacidades
A pesar de sus diferencias, existe un punto en común, la intervención debe adaptarse a la persona y a sus necesidades concretas.
La estimulación cognitiva puede plantearse trabajando diferentes funciones, como atención, memoria, orientación, lenguaje, percepción, cálculo, razonamiento o funciones ejecutivas. El objetivo no debería ser únicamente realizar ejercicios, sino proporcionar actividades ajustadas a las capacidades y necesidades de cada persona.
Además, el abordaje puede complementarse con otras estrategias de rehabilitación y apoyo. En el caso del Parkinson, la OMS señala que la rehabilitación puede contribuir a mejorar el funcionamiento y la calidad de vida.
Una intervención que tenga en cuenta a toda la persona
Tanto en Alzheimer como en Parkinson, la intervención puede beneficiarse de una perspectiva que no reduzca a la persona a un único síntoma.
En este sentido, Gradior Suite permite abordar la intervención desde un enfoque multidimensional, considerando diferentes dimensiones de la persona. Porque detrás de un diagnóstico de Alzheimer o Parkinson sigue existiendo una persona con capacidades, necesidades, preferencias y una historia propia. Comprender qué ha cambiado (y también qué permanece) es fundamental para plantear intervenciones que busquen preservar el mayor grado posible de participación, autonomía y bienestar.